PREÁMBULO

Parto de la base de un universo parmenídeo, en el que ser y pensar son la misma cosa. Solo hay una única substancia, la res cogitans que referiría Descartes. Ese Nous (espíritu o inteligencia) sin finitud y sin segundo, es protagonista de su propia recreación. Una única substancia como intelecto puro, que necesita diferenciarse o escindirse, pues cualquier acción no se vería representada más allá de sí mismo. Por eso surge la posibilidad o el artificio de la separación sujeto versus objeto. Ya que sin separación sujeto y predicado no puede concebirse la posibilidad de pensar.

Así, para pensar y extrañarse de su propia creación, el Nous crea en su seno, las escisiones o ámbitos necesarios, la multiplicidad de seres, sus identidades únicas, para que tenga cabida la representación y nuestro mundo no deja, al fin y cabo, de formar parte de ello.

La materia y sus límites juegan un papel central como lienzo en el que plasmar una infinita variedad de posibilidades. Todas bajo el mismo orden y contexto. Una especie de juego que se alimenta de historias, de personajes escogidos y modelados por sus circunstancias.

Si, se me puede acusar de cierto panteísmo, pero eso, siendo coherente, no deja de formar parte del propio devenir, del juego que alimenta la representación ideada por el Nous. Esta visión del Universo y sus causas se opone frontalmente a la visión naturalista. En el que el azar y una serie de procesos, tras grandes periodos de tiempo, gestaron todo lo que hoy conocemos. El naturalismo abogará por un fisicalismo mecanicista, para explicar todo, siendo la mente y sus manifestaciones, el producto de complejos procesos fisicoquímicos dentro de nuestro cerebro.

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