QUERIDA MUSA

 

Siento la delicadeza y el tacto con el que meces mi alma dolorida. Percibo la frescura de tu sonrisa llana y sin dobleces y la ternura de una mirada que me colma de júbilo. He de confesarte mil secretos, pero uno es recurrente, cuando rememoro tu rostro bello y altivo, en los momentos más sufridos. Es lícito amarte en silencio, en las ignotas soledades en las que hiberna mi ser errante. Y es que maldigo mi propia complejidad, que en algún sentido me aísla y me separa de tu cálido abrigo. Navego por el recuerdo de forma infructuosa, y recelo de mis gestos anodinos, de mi propia indeterminación, que hace claudicar toda emoción. Quisiera ser un ser sano, y beber con salud y cogerte de la mano. Recorrer el ancho sendero, que transita por nuestro tiempo, sembrando flores en fértiles desiertos.

Pensarte es quererte, y yo te pienso cada día, aunque  tú no lo sepas, permíteme que te lo diga. Es cierto, no te conozco, pero tampoco existe el espejo que contradiga, la imagen esbelta que me acoge y me sana las heridas. Y es que a través de tu luz yo veo todos los días. Querida mía tú haces magia y yo hago rima. Me siento y el reflejo me devuelve una lágrima que serpentea dubitativa. La sostengo en mi dedo y camina por mi piel encendida, es la imposibilidad de no quererte y no sentirte mi vida.

Es cierto, soy un guerrero, pero un héroe quijotesco, que sueña con su musa, aferrado a su enclenque montura, mientras siembra la duda en los campos, ante los molinos, o gigantes, o delirios y fobias pujantes, ya veo sus semblantes. Pero perdóname, si alguna vez fui indiscreto, o escaso de mesura, fue el arrebato de unos instantes de maldita locura.

Confianza u oportunidad perdida, como La Luna y La Tierra, entre mareas que nunca se olvidan. Si, tú haces que me levante, y de madrugada te escriba. No importas si contestas, con estas palabras, la ilusión es para mi alma cautiva.