Era un camino manchado, tachado en el calendario, huérfano de horas y de libertad. Por eso decidió el destino que la perdiera, en un bar clandestino. Afuera, la llamada de los cánticos insoportables de los ebrios anunciadores del gol. Amargo final, amarga agonía para una pelotita que jamás debería haber entrado. ¿Pero qué hizo el arquero? Es cierto, que el delantero fue empujado, pisoteado, pero no consiguieron derribarle, atisbó a hacer lo único que podía, enviar un centro chut, tan fuerte como el escaso aliento que aún le quedaba. Y mire usted por donde, el rubito la bajo al piso, y la pateo en una trayectoria que atravesó mi corazón, y el de todos los ilustres parroquianos allí congregados, que de apoco nos fuimos desanimando. Maldito gol. Es cierto, que el arquero nada pudo hacer, aunque se adornó en exceso, estirándose como un felino, tratando de atrapar un ave que pasa muy a su pesar entre sus garras que arañan el aire. Ya está la red hundida, profanada, la seguridad de una próxima derrota a punto de reventarme el fin de semana. Ya no podré saludar a mi vecino, y regodearme de otrora victorias incontestables. Ahora sería yo el objeto de burla, y de mofa desaforada ante tan insidioso final. Allí, la perdí, en un bar clandestino, la última copa.

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