LA MÁQUINA INVEROSÍMIL

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¿Qué sentido tiene una máquina construida sin ninguna función aparente? Es una máquina fabricada sin ningún propósito. Su funcionalidad es nula. Asimismo, se construyó sin planos, ni medidas, sin instrucciones, al azar, sin mano o fuerza inteligible que la concibiese. Puede incluso, que brotara por generación espontánea.

Curiosamente, esta máquina es mil veces preferible a otra máquina muy conocida y divulgada, la máquina de Ryle, aquella que mantiene un fantasma en su interior. Un alma que la dota de su función, como el alma o la mente que presta su aliento al cuerpo, el cual, no sería nada sin estos aditivos.

Entre la máquina imposible y la máquina de Ryle… ¿Por qué elegimos la inverosímil, por muy contraintuitivo y disparatado que nos parezca?  Antes de formular una posible respuesta, analicemos algunos argumentos a partir de los cuales elaboramos nuestra selección. Yo los resumo en tres, aparte de analizar muy sucintamente a continuación sus consecuencias.

  • Lo inmaterial, no existe porque se sale de nuestro rango de comprobación empírica. Esto vuelve indemostrable cualquier elemento que pretenda disfrazarse de ser o espíritu.

 

  • Lo material es garantía insoslayable de existencia dentro de nuestro universo, de leyes y formulaciones empíricamente demostradas o demostrables.

 

  • Todo lo observable ocurre en un espacio (e) y en un tiempo (t) que permite medir o cuantificar los hechos o sucesos para incorporarlos a nuestras investigaciones.

 

La physis, acunada en las costas de la Hélade, establecía dos condiciones. La primera, el comienzo de una secuencia temporal y la segunda la composición exacta, la mezcla o el material de que estaba hecho todo. En resumen y siendo muy reduccionista, el tiempo y espacio unidos en un principio último o primero, dependiendo de la opción teórica aportada, esto es, el Arjé.

Esta herencia a la que se pierde el hilo, durante siglos, volverá con nuevos bríos, en el auge y fortalecimiento de la ciencia moderna, qué seguirá con un renovado carácter empírico, el contexto espacio temporal de la investigación de los que yo llamo primeros fisiócratas.  

Y es que la fisiocracia (no confundir con la corriente económica) era la vara de medir para todo, y lo que quedaba fuera del método, ante la falta de ponderación y de rigor, era rechazado como un asunto de estudio, escaso de valor o blando, de cara a su ulterior incorporación a nuestro cuerpo de conocimiento.

Lo problemático de la mente, es que es un elemento esquivo, que no encaja bien en la visión muy arraigada, de la ciencia como physis. Siendo el cerebro y sus partes, los que, en cambio, se llevan todos los focos de la atención por parte de los neurocientíficos. Como no.

La solución pasa por negar la existencia de la mente como tal, como un elemento más que no se ajusta a los parámetros de comprobación empírica, estableciendo una única sustancia. O bien, admitir la dualidad, aceptando la mente como un epifenómeno de la parte física, o incluso hay quien podría apostar y arriesgar por un idealismo absoluto o un inmaterialismo de corte radical.

Otro factor observable, es la conducta humana. Qué con el estímulo y la respuesta o el ensayo y error, y los sistemas de refuerzo positivo y negativo, nos dan pistas, a nivel psicológico sobre qué puede estar pasando en nuestro entorno mental privado. De ahí beberá sobre todo la psicología conductista.

El psicoanálisis al pretender analizar la mente quedará desacreditado, al no presentar garantías suficientes de cara a aplicar el método científico, y por lo tanto a contrastar sus hipótesis y formulaciones, volviéndolas muy controvertidas. De nuevo, lo inmaterial o simbólico, queda relegado, por la inasible naturaleza de su objeto de estudio.

Así que, entre la máquina inverosímil y la máquina de Ryle, me quedo con la inverosímil. Es decir, acepto una única sustancia, antes que transigir con aceptar la dualidad, lo que me obligaría a admitir ciertas posibilidades, que podrían crear grietas o desestabilizar el dogma, que ha imperado y sostenido a la ciencia desde sus orígenes.

Esta corrección que me lleva a rechazar la opción de Ryle, del fantasma en la máquina, es un paso que no es nuevo, sino que se lleva dando de forma sistemática con el fin de no alterar el paradigma y el régimen de un modelo que ha funcionado y ha demostrado cosechar grandes éxitos, pero que empieza a mostrar sus estrecheces e insuficiencias.

Pero me he quedado con la patata caliente de una máquina inverosímil. Cumple los requisitos de una única sustancia (salvo, como digo, el dualismo), pero está no hace nada, y las máquinas hacen “cosas” o funcionan para “algo”. Pero hemos de ser consecuentes, y ya negamos que haya algo de carácter no material dentro de la máquina que la guíe en su quehacer. Por ello debemos buscar aquello que niegue su inverosimilitud. Y a lo único que cabe agarrarse es a su naturaleza, que es una mezcla entre materia y automatismo ciego, es decir, nos topamos con el mecanicismo puro. Y como esta ceguera encaja con mi modelo, puedo incluso exportar dicho concepto y aplicarlo en otras áreas de investigación científica, acotando muy mucho las posibilidades de conocimiento real o completo.

Lógicamente, este mecanicismo debe sortear habilidosamente cualquier atisbo teleológico, para lo cual aplicamos la socorrida aleatoriedad, como un elemento corrector, un maquillaje que no obstante se aplica con fruición en aquellas áreas especialmente problemáticas. Así las mutaciones genéticas, los cambios en general, tanto internos como externos (vía selección natural), son debidos a agentes “ciegos” colmados de aleatoriedad, pero que sin embargo sirven para apuntalar el edificio, pudiendo ajustar el filtro explicativo a casi cualquier objeción sobre la casuística general.

En resumidas cuentas, y exportando lo dicho a nuestro filtro explicativo, tenemos un Universo, cuya naturaleza no es teleológica, no apunta a ningún propósito o finalidad concreta, como la máquina inverosímil, sin embargo, funciona, y lo hace de forma autónoma y mecánica, ajustando su función, o lo que es toda ella, a su composición material y al tiempo, que, de forma aleatoria y azarosa, crean todas las manifestaciones o estados posibles de la misma.