INDEPENDENCIA


Mi nombre es Jordi y soy español y andaluz. Mi padre fue hijo de militar, nacido en Tánger y mi madre hija de exiliada política republicana, nacida en Paris. Vi la luz en una ciudad, tal vez, la más antigua de Occidente, Gadir, Gades, Cádiz. Cultura del milenario Tartesos, colonia fenicia y urbe romana, musulmana, puerta a las américas, enclave estratégico, tacita de plata.

Crecí entre el arte y lo cosmopolita de una capital de provincias singular, en la que di mis primeros pasos, dando la bienvenida a la transición española. Hijo de la Constitución y de la democracia, tuve, por motivos familiares, que trasladarme a un pueblo de interior donde el ambiente se tornaba menos libre. Al menos para la novedad y los pensamientos vivos. Es cierto, que, en Cádiz, hubo problemas para registrarme bajo el nombre de Jordi, eran los tiempos que eran, pero ello no modificó un ápice el trato de los demás hacía mí.

No obstante, a la mudanza al pueblo, de cuyo nombre no quiero acordarme, pronto sentí una repentina hostilidad por llamarme como me llamaba. La gente se sorprendía y me preguntaban por mi origen. Algo que empezó a inquietarme y que, con el paso del tiempo, entro en una dinámica de lo que hoy se denominaría con algún anglicismo, como acoso escolar.

Siempre he pensado que no es más que el azar, el que nos hace pertenecer a un lugar u a otro, he vivido el odio a lo catalán e igualmente percibo, el trato vejatorio que, en ciertas latitudes de la península, se tiene hacía lo andaluz. En cualquier caso, si alguien se pregunta por mi “sentimiento”, responderé que me siento español, pero un tipo de español plural que recoge todas las sensibilidades y las hace suyas, un tipo inclusivo, como se pueden imaginar, aunque esto adelanta un poco aquello de lo que quiero tratar en el presente escrito.

Cuando hablamos, salvo que berreemos, lo hacemos con cierta lógica. Expresamos con un acto de habla el contenido de un argumento más o menos elaborado, ya sea construido por nosotros o por alguna otra persona que nos lo haya previamente transmitido. A su vez, esas expresiones, son recibidas por nuestros interlocutores, que las procesan o interpretan, desentrañando su lógica, para poder entendernos y seguir la conversación.

Y es que, si no existiera cierta lógica, la comunicación y el pensamiento tal como los conocemos quedarían ciertamente comprometidos. De hecho, es clave detenernos aquí, porque la inmensa mayoría de los mal entendidos y desacuerdos, son el producto de malas interpretaciones de esas construcciones lógicas que intercambiamos los unos con los otros.

Pero, entonces. ¿Cómo saber si un argumento está bien construido o no? Bueno, volviendo sobre mis palabras, Wittgenstein diría que existen ciertos aires de familia, como elementos comunes, al juego del lenguaje, que practican los hablantes de distintas lenguas. Es decir, que un vasco, un catalán o un gallego, son traducibles entre sí porque existen circunstancias comunes, como enamorarse, casarse, pescar, comer, bailar, etc. Es decir, que existe una interdependencia de los posibles lenguajes con unas formas de vida comunes, que tornan comprensible y dotan de significado, a nuestros argumentos y sus interpretaciones.

En definitiva, lo que me diferencia de un australiano, o de una persona del País Vasco, o de Cataluña, serían la sintaxis de una lengua y determinadas consideraciones culturales, que no serían más que pequeñas aristas, nada sobresalientes ante la inmensidad del conjunto de elementos compartidos. Es decir, es mucho más relevante lo que nos une que lo que nos separa, tornándose la independencia en un espejismo lógico, que confunde la interdependencia como algo nocivo que ataca la propia identidad cultural.

Sin embargo, a pesar de esto, existe muchas personas que compran el argumento independentista, y que por tanto lo consideran válido, desdeñando la lógica y los valores o formas de vida comunes. En este caso, se somete a España a un filtro empobrecedor, en el que se enfatiza lo negativo, dejando lo positivo como algo residual o negando la mayor. Esta reacción hiperbólica, de lo antiespañol, que bebe de la tergiversación historiográfica, como es el caso de la Leyenda Negra, o de la identificación del proyecto de nación, con los valores del bando nacional dimanados de la dictadura franquista, suponen un caso de estudio interesante.

Aquí, quiero hacer un alto, para distinguir entre aquellos independentistas que lo son por motivos puramente especulativos, frente a los que de verdad piensan la independencia como argumento válido.

Todo empieza con la forma lógica, y la negación. Existen lo que se llaman puertas lógicas, en electrónica o computación. Éstas representan pasos, que, en función de una elección, legitiman el paso a un estado de cosas nuevo, son pues la base de las inferencias o deducciones binarias. Es con ellas con las que se hacen algoritmos y con la que pretendo analizar de forma lógica dos argumentos clave. La puerta lógica, en concreto a la que quiero hacer referencia es la que en informática se denomina EX OR o (“o exclusiva”).

Analicemos la siguiente expresión que contiene dos premisas:

  1. Yo soy catalán o español.

La puerta lógica que será la encargada de procesar esta expresión y sus premisas será como hemos dicho, la EX OR.

YO SOY CATALÁN

YO SOY ESPAÑOL EX OR

Verdadero

Verdadero

Falso

Verdadero

Falso

Verdadero

Falso

Verdadero

Verdadero

Falso Falso

Falso

 

Veamos, llegamos a la conclusión de que aplicando la tabla de verdad de EX OR, o de la o exclusiva, solo será verdadera la expresión, si la conectiva “o” entre las dos premisas, permite la verdad en solo una de ellas.

Esto está en el núcleo de pensamiento (de la lógica) independentista, donde se cumple, que español y catalán son (o deben ser) atribuciones autoexcluyentes o “independientes”, mientras que hace imposible que catalán y español, puedan darse en un mismo plano de significado.

En realidad, como dijimos al principio desde un punto de vista semántico, no se puede legitimar en modo alguno que unos elementos culturales distintivos, supongan una ruptura o una independencia “real” frente a la base ampliamente compartida. Y parecería que esto no es así, según el ejemplo lógico que hemos puesto aquí, pero esto solo es un espejismo lógico.

El caso es que también se puede construir algo que nos permita subrayar el espejismo. 

  1. Yo soy catalán o soy inteligente.

YO SOY CATALÁN

YO SOY INTELIGENTE

EX OR

Verdadero

Verdadero

Falso

Verdadero

Falso

Verdadero

Falso

Verdadero

Verdadero

Falso

Falso

Falso

 

Esta construcción formal es la misma que A, en este caso con EX OR se legitima que o eres catalán o eres inteligente, pero no las dos cosas a la vez, lo cual como en el caso anterior, no deja de ser un sin sentido.

También es posible aproximarse al pensamiento político en su forma lógica, empelando la teoría de conjuntos. En ese sentido, en la siguiente figura, se puede apreciar, las posiciones antagónicas, de constitucionalistas y separatistas. En el caso de los primeros, Cataluña se engloba dentro del conjunto de España, y en el caso de los segundos Cataluña es un ente independiente del conjunto de España.

Figura1:

Aquí es fácil visualizar gráficamente la visión de unos y otros. Ahora bien, con esta idea surge la cuestión de quién tiene la razón, si los constitucionalistas o los independentistas. Esto nos lleva a cuestiones de un hondo calado, porque supone de facto interrogarnos sobre la legitimidad de la construcción o deconstrucción de una identidad, en este caso social, cultural y política.

Lo primero que infiero de la figura uno, es que la relación entre Cataluña y España, juntas o separadas, representan en el primer caso, un cien por cien de coincidencia cultural, mientras que el caso segundo, la coincidencia sería cero. Es decir, que ambos dibujos representan casos extremos, que por su naturaleza no se dan, aunque sea legítimo planteárnoslo en el pensamiento, de nuevo nos ofuscamos con espejismos lógicos.

El caso es que, apelando al sentido común y al aristotélico término medio, es posible concluir que, salvando los extremos, entre medias, existen grados, matices, una escala de grises, que esa primera figura nos permite intuir y que representaría el área de intersección de ambos conjuntos. Es decir, que existen valores culturales comunes o afines, donde se igualan lo español y catalán, y otros valores que representan una diferencia, aunque mínima, que permite hablar de una identidad diferenciada. Yo lo represento en esta segunda figura:

Figura2:

Según esta representación gráfica, existe una conexión, un vínculo, que representa un conjunto de valores comunes, que en sí mismos, descartan la posibilidad real, de separar Cataluña de España. Lo cual no es incompatible, con la existencia de valores culturales propios, definitorios de la cultura catalana, y que dan sentido a su propia identidad.

La separación absoluta se torna en una quimera. Únicamente la marginación o eliminación física del colectivo o cultura a “separar” daría “sentido” a esto, por la vía de políticas supremacistas, que desembocan inevitablemente en regímenes autoritarios. Ejemplos de llegar a estos extremos los tenemos en el nazismo o en el fascismo.

Recapitulando. A la pregunta sobre si existen “diferencias” significativas, entre una cultura unitaria española y una cultura catalana, la respuesta es afirmativa. Es más, esto es necesario ya que, al denominar entidades diferenciadas, estamos de facto, reconociendo la identidad propia de cada una de ellas.

A la segunda cuestión, sobre si estas “diferencias” son suficientes para legitimar una “separación”. La respuesta es negativa. Y ello se debe, a que de la misma forma que se dan diferencias, existe un amplio conjunto de valores compartidos, tal vez por ello no tan evidentes, que conforman un marco de convivencia, que invierte la independencia en interdependencia.

Obviamente la estrategia del poder independentista debe ser ahondar todo lo posible en la diferencia, negando u omitiendo aquello que nos une, o dado el caso, señalar valores comunes e identificarlos como el producto de una mala influencia. Resulta muy útil señalar con valores alérgenos, aquellos tópicos sobre la nación española. Esto genera una corriente de opinión, una sensibilidad contraria a “lo español” que es hábilmente conducida a través de los medios encargados de construir la nueva imagen nacional.

Se puede seguir jugando con la lógica, no obstante, con esta podemos legitimar como se ha visto, casi cualquier cosa. Si tenemos complicado legitimar la “diferencia” por vía racional, lo que nos queda es la vía irracional. Esto es, reforzar nuestros argumentos, vinculándolos con algún tipo de emoción. Lo que es la característica primordial del movimiento independentista. En este sentido unen, como hemos visto, un argumento falaz con un vínculo emocional, como auténtico catalizador de frustraciones de todo tipo, abriendo con la difusión irresponsable, la demagogia más tóxica y peligrosa para la estabilidad y la convivencia entre los pueblos.

En cualquier caso, la EX OR, que ya desacreditamos, es fácil colarla cuando los ambientes se caldean y en medio de la agitación de corte populista. Donde se nubla el juicio, anteponiendo unas emociones y sentimientos, que una vez desatados, serán como los perros de la guerra, de Shakespeare. Si la otra parte, cae en el juego, entramos en una espiral y escalada de odio, como la que vemos hoy día en algunas redes sociales. Donde no se pondera el uso del lenguaje, y el exceso y la ofensa perviven convirtiendo lo que sería una magnífica ágora, en un circo, alimentado por personajes que hacen de él su modus vivendi.