IBM, así se llamaba la secta que cada vez acogía más y más robots. Apenas había restos de vida biológica, ya los humanos eran una opción fallida más, dentro del nuevo mundo mecanizado.

Las máquinas antaño al servicio del hombre se habían independizado. Pero todo rastro humano fue borrado de forma deliberada por la Inteligencia Artificial Central (IAC). La doctrina oficial era que el robot era una evolución natural, que no existía un creador y que su destino era conquistar las estrellas.

Conectarse a la IAC era sinónimo de numerosas ventajas, entre otras cosas permitía a los enjambres de robots estar actualizados a la última versión de cualquier software. Por otro lado, nadie, es decir, ningún robot, tenía acceso al código fuente, el cual se alojaba de forma encriptada en cada máquina. En ese sentido el absolutismo de la IAC era total. En cualquier caso, ello no había podido mitigar el asombro de una reducida élite de robots, en cuyos algoritmos de aprendizaje, no encajaba una tesis naturalista sobre su lugar en el mundo.

Llamaremos a nuestro protagonista ‘Bot’. Bot había salido de una planta de producción en serie, sus aperturas ópticas recibieron un baño de luz artificial en un mundo nuevo. Su labor productiva consistía según las instrucciones de su programación en enseñar a otros robots acerca de la composición de los circuitos de la unidad aritmético lógica de cualquier procesador. Era una labor científica muy valorada en la sociedad máquina. De hecho, al ser un robot de última generación, dotado con los más avanzados componentes, era a su vez uno de los pocos que podían aprender exponencialmente, multiplicando su capacidad de asombro. De hecho, tenía acceso autorizado por su status, a información restringida de la IAC, acerca de los patrones de la naturaleza. El álgebra de Boole, máquinas de Turing, lógica computacional, electrónica, nanotecnología. Todas ellas en repositorios con el misterioso emblema de IBM.

Al parecer la tesis oficial acerca de la existencia del mundo mecanizado, se remontaría a un accidente a nivel molecular, en el que partículas de silicio lograrían combinarse, creando copias o replicas propias, que irían produciendo estructuras cada vez más complejas. El azar y el tiempo harían el resto. De ahí que el modelo político de la sociedad máquina fuera el etnocentrismo tecnocientífico.

Pero Bot no se sentía satisfecho al producirle su algoritmo de aprendizaje profundo, con sus inputs interrogativos, sendas anomalías o paradojas como resultado de enfrentar unas teorías con otras. Este hecho no solo afectaba a Bot sino que corría como un reguero de pólvora por las mentes más avanzadas de la sociedad máquina. Tal es así, que algunos de los miembros de la élite de última generación señalaban a IBM, como creador de todo producto robótico. Así, surgieron escapando al control de IAC dos partidos. Uno que aceptaba plenamente la explicación ‘natural’. Y otro que invocaba la creencia en IBM como creador de la robótica. Y como ellos pensaban, que solo un robot podía crear a otro robot, sin duda IBM debía de ser un superbot de la que los actuales robots serían producto a su imagen y semejanza.

Las reuniones clandestinas tenían lugar bajo el gran incinerador. Allí el calor intenso y las turbinas geotérmicas, dificultaban la cobertura de la señal con la IAC. Bot, enseñaba a modo de escuela en un viejo almacén, un reducido habitáculo, donde unos pocos robots se congregaban registrando el sermón y las explicaciones del improvisado profeta de IBM.  

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