Todos los humanos desde que nacemos tenemos derecho a la vida, al menos así lo recoge en su Artículo 3 la Declaración Universal de Derechos Humanos. Los derechos son como los bonus o bonificaciones que se tienen de partida.

O sea, yo por nacer, tengo derecho a vivir. Y tu que lees esto también. Así, parece que los derechos los entendemos todos y los disfrutamos todos, al menos teóricamente.

Supongo que, por derecho a vivir, podemos entender derecho a la autoconservación, o a la subsistencia, aunque sobre este cimiento, y a posteriori se fundan nuevos derechos que amplían lo que podríamos considerar el concepto de vida digna.

Pongamos a modo de alegoría una historia inventada. Tenemos un río de agua potable, un sujeto al que llamaremos Musa debe acercarse para beber y saciar su sed. Está de este modo, ejerciendo su derecho a la vida hasta que una tercera persona, que llamaremos Tram, establece un muro para impedir el acceso al río. Esto no lo hace Tram de forma arbitraria, sino que lo legitima en base a su derecho a la propiedad.

En este sentido, se confrontan en un marco de mutua exclusión, la invocación a dos derechos, uno el de la vida y otro, el de la propiedad.

Musa al no poder saciar su sed decide saltar el muro y llegar al río. El hecho visto del lado de Tram, se considera como una agresión intolerable y una violación del derecho de propiedad por parte de Musa.

El trabajo de construir el muro otorga el derecho a Tram, de enseñorearse de el y de todo lo que esté a su lado de dicho muro, ergo el río pasa a convertirse en su propiedad.

En cambio, Musa que no ha contribuido a nada, “ataca” la propiedad de Tram de forma deliberada conculcando el derecho a la propiedad de este.

Musa se ha convertido en un delincuente y en un proscrito a ojos de Tram. Para evitar un nuevo salto del muro. Tram coloca unas concertinas, un alambre de espino. Pero todo es en balde, Musa logra, aunque magullado y ensangrentado llegar al río, y saciar su sed.

Finalmente, Tram, acusa públicamente a Musa, y le avisa de que acabará con su vida, en el caso de que vuelva a intentar saltar el muro. Musa, no obstante, y espoleado por su propia sed se aproxima al muro y cuando se encuentra en lo más alto, y tras desoír las advertencias de Tram, es alcanzado por varios perdigones, que lo hacen caer, provocándole heridas mortales.

Musa, despierta de su pesadilla. Junto a él, una muchedumbre harapienta y armada con escalas y estacas, voces del África profunda, expoliada y desangrada se aproximan a la valla de Ceuta, como sombras en la noche, su última oportunidad tal vez, en un nuevo asalto a la frontera, no de dos países, sino la de dos mundos artificialmente separados.

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