Flash

Flash

Los últimos pasajeros corrían alarmados, incluidos los náufragos a la espera de una nueva oportunidad, en otra vida, en otro cuadro, en otra escena, costumbrista o no.

Entré con la brisa. El andén estaba florido. Un sinfín de colores se mezclaban, pasando por transeúntes. Cada rostro era un manchurrón color canela. El reloj de la estación parecía derretirse como el helado de la niña insolente. Alguno extendía el brazo y hacía saltar la chispa, el maldito flash, caía como una lluvia de relámpagos, trastornando los colores naturales de la obra. Entonces salí del costumbrismo, di dos pasos, y caí en que la tormenta arreciaba, encolerizada, contra los buques de los conquistadores. La madre gaya devoraba a sus hijos engullendo los maderos de un naufragio maldito. El caso es que había motas, apenas esbozos, manos que se aferraban a algún resto, que se extendían en un último aliento de agonía. Los relámpagos eran trazos desesperados, epilépticos. A continuación, apareció una mujer desnuda, cubierta por un jarrón que sostenía, como un motivo de fertilidad, unas pinturas de redes de pesca, de peces que saltaban para eludir su captura. Esto llamó la atención del súbdito nipón, que flexionó sus rodillas, estiró ambos codos, tapó su rostro con una cámara de triple objetivo, y de nuevo, flash. Entonces la mujer, algo avergonzada, ejerció de musa, y reclamó a su pintor. Este se echó el cabello a un lado, estiró la paleta, mezcló los colores, y repasó los delicados mofletes de la dama.  El jarrón traspasó el marco, impactando sobre el nipón descarado. Las esquirlas cayeron en el andén, rasgando el lienzo, separando a una pareja de enamorados, empapando a los allí presentes. El mástil de un buque se inclinó, amparando con parte de su velamen desgarrado a la dama. Todo lo icónicamente imposible cobraba vida al tiempo que la locomotora anunciaba su partida, con un silbido estridente. Los últimos pasajeros corrían alarmados, incluidos los náufragos a la espera de una nueva oportunidad, en otra vida, en otro cuadro, en otra escena, costumbrista o no. Hasta el pintor, sonreía complacido ante un espejo rajado, que le devolvía su imagen por duplicado. Pero yo dejé el lienzo, y lo use para cubrirme de la lluvia. Di dos zancadas y pude alcanzar el último vagón, besando a la dama, justo en el instante, en el que cejaba la brisa.