Estímulo… respuesta

Freud

La libreta de Freud era un galimatías de notas y dibujos con esquemas profusos sobre los rincones y recovecos más intrincados de la psique humana.

El perro de Pavlov se había encaramado al diván de Freud hasta que este lo apartó con su férreo carácter austriaco.

—Estímulo… respuesta —repuso Pavlov, que accedía a tumbarse para su sesión vespertina.

—Es usted un amo inconsciente —le reprochó Freud.

—Bueno, será que aún no he superado la etapa anal —contestó Pavlov.

Entonces Freud sacó su péndulo y lo colocó ante los ojos del maestro ruso, que se quedó absorto al seguir su recorrido oscilatorio con la vista. El perro de Pavlov hizo lo mismo y al poco rato cayó desplomado patas arriba. Entonces Freud le acercó una galleta al hocico, pero el animal ni siquiera vio estimuladas sus glándulas salivales.

La libreta de Freud era un galimatías de notas y dibujos con esquemas profusos sobre los rincones y recovecos más intrincados de la psique humana. Pero siempre le quedaba una hoja limpia donde comenzar a apuntar una nueva historia.

Pavlov revivía su infancia a instancias de Freud, retrocedía en el tiempo, cuando jugaba en la nieve, inmerso en la frondosidad de los bosques, o en la vieja plaza del pueblo de sus abuelos. Sin embargo, algo llamó la atención del maestro austriaco, al relatar Pavlov sus mimos y cuidados hacia una muñeca de trapo. Un supuesto fetiche que Freud apuntó en su libreta dejándolo doblemente subrayado. Aquello era un indicio de una posible tendencia homosexual. Entonces Pavlov comenzó a llorar al rememorar cómo su tío, un rudo leñador, le arrancaba de cuajo la cabeza a su muñeca y se la tiraba a los cochinos que retozaban en torno a la granja familiar. Un tabú, vio enseguida Freud, que se apresuró a identificar aquello como un símbolo de sumisión de la mujer. Lo cierto es que la regresión hipnótica nunca se había probado hasta edades tan tempranas, así que Freud decidió escarbar más y se atrevió a traspasar el umbral de la vida. Para su sorpresa, Pavlov relataba ahora vivencias en una existencia pasada, al parecer había sido un caballero en la tercera cruzada perteneciente a la orden del temple. Cayó en una emboscada cerca de Damasco y fue hecho prisionero por los sarracenos. Uno de esos infieles lo había torturado con no poca saña. Enseguida, un Freud visiblemente emocionado y con el pulso tembloroso señaló y redondeó la palabra «fobia». Una súbita interrogante le hizo preguntarle a Pavlov por el paradero de aquel sarraceno sádico en la presente existencia, al que el maestro ruso identificó como su perro. Aquello hizo pensar a Freud sobre las leyes budistas de la retribución a lo largo de la transmigración de las almas, la palabra que apuntó fue «karma». En aquel instante, el papel se había acabado, así que arrancó la hoja y apuntó el nombre de la historia, y de su titular Pavlov. Tras varios chasquidos. Pavlov y su mascota se despertaron súbitamente.

—¿Cómo ha ido la sesión, señor Freud?

—Pues verá usted, le resumiré brevemente mis conclusiones. Aunque esto le pueda resultar algo embarazoso, ciertamente se siente usted inclinado sexualmente por personas de su mismo sexo, odia y menosprecia a su mujer, y siente un profundo anhelo por torturar a su perro, aunque todo eso no lo haga de manera consciente.

Un Pavlov perplejo no paró de insultar a Freud, le agarró de la pechera y a punto estuvo de sacudirle, si no fuera porque los ladridos del perro alertaron a la enfermera. Esta, visiblemente afectada, vio marcharse a Pavlov contrariado, y le preguntó a Freud por lo sucedido.

—Estímulo… respuesta —respondió el maestro.

Normalidad como etiqueta social

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La norma, lo normal, lo convencional, la costumbre es una vía de sentido único. Proponer alternativas supone enfrentarse al riesgo de ser rechazado o excluido.

Somos seres sociales, esto es, interdependientes. Y para garantizar nuestra supervivencia debemos colaborar los unos con los otros, aunque sea de forma indirecta. Esto crea un área o espacio abierto y público donde se aceptan algunos actos y otros no. Donde se forja la posibilidad de la comunicación y se garantiza una “cultura” común. El germen de una comunidad.
Hay pues una selección previa, un filtro de contenidos, que se aceptan o se desechan de forma explícita o implícita. Es una pugna continua por insertar en la cultura colectiva unos valores, unas ideas, y unos hechos que reciban la aprobación general. En este sentido, la interacción social ofrece un determinado patrón de comportamiento para un sinfín de situaciones. Esto sucede de forma natural, dada la costumbre generalmente aceptada.
Pero esta normatividad, este protocolo que hemos construido en la interacción social sin ser conscientes tiene un doble filo. Por un lado, la garantía y la seguridad que ofrece el seguirlo, o por el contrario, y esto es lo más inquietante, la certidumbre del rechazo o la exclusión si se contraviene con lo establecido.
La norma, lo normal, lo convencional, la costumbre es una vía de sentido único. Proponer alternativas supone enfrentarse al riesgo de ser rechazado o excluido. Digamos, que si tu comportamiento sigue el canon establecido para cada situación, puedes colgarte la medalla de la normalidad, en definitiva, como suele decirse, tienes la cabeza bien amueblada.
¿Pero qué ocurre con aquellos individuos que por algún motivo se desvían de la norma? Volvamos al tema de la interdependencia, de que somos seres sociales. La omisión, la exclusión y la marginalidad hacen su aparición. Esto provoca una sensación de desarraigo, digamos que es una pieza del puzle que se queda fuera.
En el caso de la salud mental, la propia “locura” en sentido coloquial, es un término que se usa peyorativamente en contra de la lógica o el “sentido común”. Esto es así, porque la comunidad ha de defenderse y establece mecanismos sancionadores para garantizar la supervivencia. De ahí la existencia de tabúes. Límites para garantizar la obligada sociabilidad. Aquí dejo el texto de un anuncio de Apple de la campaña Think Different que refleja el espíritu de lo hasta aquí expuesto.

“Este es un tributo para los locos. Los inadaptados. Los rebeldes. Los problemáticos. Los que van en contra de la corriente. Los que ven las cosas de diferente manera. Ellos no acatan las reglas, y no tienen respeto por lo establecido. Puedes citarlos, estar en desacuerdo, glorificarlos, o satanizarlos. Pero lo único que no puedes hacer es ignorarlos. Porque ellos cambian las cosas e impulsan a la humanidad hacia adelante. Y mientras que otros los ven como locos, nosotros los vemos como genios. Porque la gente que está tan loca como para pensar cambiar el mundo – ¡es quien lo logra!”