Sobre el verso libre

Las reglas del juego deben encerrar un fin. Así el género poético se distingue, como un juego más, que define sus normas, para crear prodigiosas criaturas.

La normatividad es pues algo necesario, que encauza el torrente creativo adaptándolo para darle una forma equilibrada. Unas formas mínimas, que reclaman la atención del poeta y del lector, que sabe apreciar el resultado final, como algo digno de ser elevado a la categoría de obra maestra, al engarzar de forma exquisita, métrica y rima.

No obstante esta formalidad contrasta con la fuente espumosa de nuestra ignota creatividad. Esa que maneja sus propias reglas, inusuales y misteriosas para el propio autor.  Es la magia, o el talento, que brota como un manantial y que inunda nuestra conciencia, en el instante mágico de la creación.

Es como un telón que se corriese y nos develase parte de la obra, teniendo que sostener el cordel para terminar de mostrar la misma obra al completo. Ese des-velarse, implica una conexión inequívoca con el inconsciente, que rompe la lógica y la forma convencional, de construcción lingüística. Que nos muestra y nos sorprende a la vez, convirtiéndonos a un tiempo en emisores y receptores de la propia obra.

Así pues, y es franco, reconocer, que en ocasiones, la normatividad establece un filtro, que puede resultar coercitivo y alienante. Aquí chocarían, lo que yo llamo la “geometría poética” con la pura esencia bruta, del propio poeta. Es justo afirmar, que el equilibrio es el ideal a alcanzar, de forma, que el resultado sea una adecuada canalización del bullir incesante de una creatividad arrolladora.

En mi caso, como en el de otros muchos. Tengo una opinión. Y esta comprende que la poesía con métrica y rima, es un ejercicio intelectual de enorme atractivo y belleza. Si bien, entiendo que a algunos creadores lingüísticos, el empleo de ciertas fórmulas puedan reducir, o limitar el campo de la riqueza original de la obra, al obligar a presentar la información en base a unas reglas, que señalan el ingenio innegable de quien las usa, pero que pueden bloquear la fuerza creativa en su esencia más pura.

El verso libre es pues para mí, algo mucho más inmediato e instintivo, que el ejercicio mediato de cuadrar los vocablos en una estructura armónica. Son dos tipos de creación, si se me permite la comparación, una más dionisíaca, la otra más apolínea. Aunque ambas pueden complementarse perfectamente, siempre y cuando, no resulten un obstáculo para el valor de la obra en su conjunto.

La falacia de la ideología de favores

Pedid y se os dará. Con esta premisa, el adepto acata una serie de normas. A fin de tener a la divinidad de su parte. Esta alianza del sujeto con la divinidad, es una poción poderosa, que alimenta el auto-engaño. Es un puente tendido sobre la brecha, de nuestra ignorancia, frente al mundo.

En ese sentido, es posible desarmar esta ancestral creencia, del dominio de la naturaleza de forma directa, mediante actos de fe, sacrificios, rezos, etc. Para ello, es necesario situarnos en el escenario de un conflicto de dos partes. Dos voluntades enfrentadas por intereses incompatibles, cada una de las cuales ha solicitado el favor divino. El problema surge, cuando las partes en conflicto, están legitimadas para lograr sus objetivos en detrimento de la otra. En tal caso, la divinidad debería optar por una de ellas, dejando desatendida los ruegos de la otra. Algo injusto, sin duda, y que contradice el principio de, pedid y se os dará.