El estigma del visionario

Da vinci

En la facultad la ausencia de ideas propias era alarmante. Y cuando alguna voz se elevaba, era sutilmente reprimida con argumentos de autoridad. El inmovilisimo académico era patente. El único movimiento observable era fruto de un contexto competitivo por ver quién repetía con mayor fidelidad y fervor las sentencias de algún autor, buscando despertar el entusiasmo y la aprobación traducible en una mención a la excelencia,  cum laude. Cualquier cosa salvo pensar por uno mismo.

En ese sentido, mis consideraciones estaban fuera de lugar, porque no se trataba de pensar, y mucho menos cuestionar lo aprendido. En su lugar la rutina mental de copiar y repetir durante cuatro años, era suficiente para sustituir la capacidad imaginativa, tan decisiva en el terreno de la investigación, por una secuencia de ideas fijas, dando lugar a una camada de doctores perfectamente alineados y adoctrinados para la causa.

A mi juicio existe una tensa relación entre los guardianes de la tradición intelectual, y aquellos que ansían proponer nuevos métodos o metas al conocimiento. Si bien existe la creencia extendida que para cambiar o innovar hace falta conocer bien la tradición, yo encuentro que el sistema de asimilación de contenidos puntuable, establece un sistema de refuerzos, que repercute de forma negativa, al ensalzar la información contrastada, dejando en el descrédito nuestra fuente original de discernimiento. Y es que asimilaremos mucho, pero en el camino habremos aprendido a llevar una actitud de desconfianza hacia nosotros mismos, que infravalorará cualquier idea que no sea debidamente contrastada. Esto, aplicado al conjunto de las capacidades intelectuales, significa de facto, secar el caudal de posibles visionarios, que al no tener un respaldo, han de luchar en condiciones de franca desventaja, para hacerse oír.