Historia Futura

En su libro Superinteligencia de 2017 Nick Bostrom, alertaba sobre los riesgos de la inteligencia artificial. También autores como Jeremy Rifkin, en su obra El fin del trabajo, auguraban el albor de una nueva era, una cuarta revolución industrial para unos, una crisis sin precedentes para otros, si no se solucionaba el problema de la distribución de la riqueza, con algún impuesto sobre el capital, como ya esbozara el aspirante a Nobel de economía Thomas Piketty, en su obra El capital del siglo XXI.

La élite que controla la información, controla el mundo. Fueron baldíos los intentos de los estados de sobreponerse a la gran crisis final del capitalismo. Al reducirse de forma drástica, el empleo de mano de obra humana, en favor de soluciones tecnológicas innovadoras, los gobiernos intentaron implantar una tarifa impositiva por puesto de trabajo robotizado. Esta fue la última medida, para intentar sostener los coletazos finales del estado del bienestar de las modernas economías occidentales.

La precarización y temporalidad en la contratación, además de una exigencia de tecnificación cada más elevada, condenaba a millones de personas al desierto del desempleo. Un desierto en el que se acumulaban las masas incapaces de seguir la vertiginosa progresión tecnológica.

El término acuñado para esta progresión tecnológica inasequible al seguimiento humano, fue el del multiplicador tecnológico, lo que años atrás se conocía como brecha tecnológica. Ahora se había convertido en un espacio que se ensanchaba cada vez más y más, dejando a las generaciones humanas sin tiempo para adaptarse al cambio. Esto hizo que se popularizasen los retro-trabajos, o actividades únicamente realizables por humanos, que eran el abc de una economía de supervivencia.

Era el fin del hombre productivo. Se pasaba de una economía de producción a una economía de información. Las cuatro grandes tecnológicas se fusionaron en un consorcio global, que por vez primera, cuestionaba las leyes de protección de datos. Nadie les puso pegas, los estados se vieron huérfanos de sentido, de legitimidad, ante la conversión total de las relaciones humanas, que ahora poblaban un vasto ciberespacio. Se produjo una guerra silenciosa por el control supremo, y el consorcio resulto victorioso. Dos fueron sus estrategias, por un lado el control de la población nativa, mediante la comercialización de interfaces de implantación subcutánea, que permitían la geolocalización, y la monitorización en tiempo real de las constantes vitales y los estados de ánimo. Y por otro, la dependencia generalizada de dispositivos vinculados a los implantes, que eran la única vía para seguir el ritmo exponencial de la antigua brecha tecnológica. Todo ello con el agravante de concentrar la información en una colosal base de datos, cuyo control escapaba a cualquier jurisdicción conocida. Esta era además secuenciada y consultada de forma permanente por un centro de computación cuántica, el superordenador que poco a poco gestionaba la entrada y la salida de instrucciones destinadas a dirigir la conducta humana. Todo ello tuvo un final inquietante, con el confinamiento, de los últimos humanos nativos que se resistían a ser implantados. Se abolió la Carta fundamental de los derechos humanos, que fue sustituida por la Norma ISO para la defensa y el desarrollo de la IA y las diferentes reformas del estatuto del Cyborg. Estos, en su versión de finales del siglo XXII, habían sucumbido a la singularidad, una explosión de inteligencia centralizada en la gran base de datos y en el procesamiento cuántico de la IA, que poblaba la Internet de quinta generación. Ahora el humano primitivo, no existía, tan solo, como un eco de lo que fue. Ya los Cyborgs se alineaban en desfiles precisos al pie de la gran inteligencia, que dominaba a modo de reina madre a toda la colmena.

abril 27, 2017

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