La máquina de la igualdad

Los científicos mostraban ante el mundo su gran descubrimiento. Tras años de concienzudas investigaciones y ensayos, tras errar y sentir de cerca el fracaso, finalmente, habían realizado la primera prueba con éxito.

Se tomó como modelo un sujeto de clase media, que hacía gala de un gran sentido común. Los patrones culturales y los mandatos morales y éticos habían sido configurados para ser impresos de forma indeleble en su propio ADN.

Cadenas de nucleótidos se arremolinaban en la máquina, material genético debidamente modificado, que reproduciría la base de cada copia del organismo arquetípico. Sobre todo, y esto era lo más importante, de su función en la nueva sociedad. El hombre célula había nacido, tan solo distinguible por sus funciones especializadas.

La característica de este habitante de colmena era un marcado gregarismo, y una absoluta obediencia para con las ordenes de la máquina. Ésta se encargaba de distribuir las tareas, entre los distintos hombres célula, que asumían sus roles sin la posibilidad real del más mínimo cuestionamiento.

Esta falta de disenso provocaba una armonía realmente fantasmal. Hileras ordenadas de hombres célula, habían sido esterilizados contra el conflicto. Su pasividad se mostraba como una cualidad suprema.

Los relatos de la vieja humanidad fueron borrados y prohibidos. Tener en su poder algún dato o indicio de aquella cultura muerta, equivalía a ser eliminado por la máquina, que representaba el cosmos, el orden y la uniformidad, como los ingredientes esenciales de la felicidad humana. Y según las estadísticas esto se cumplía en la mayoría de los casos.