El Filósofo Aparte

Filósofo Aparte

El Filósofo Aparte, es un tipo inquieto. Tal vez demasiado. Un fenómeno que aún no ha cristalizado, una crisálida dispuesta a alumbrar a una grácil y elegante mariposa. Es el aletear de sus recuerdos, un baúl, un feudo del pasado, que otrora atalaya inaccesible resiste al envite de los que azotan, con insana furia, todo lo que se sale de la norma.

Le puedes llamar, pero difícilmente te atenderá. Se halla sumergido en la vorágine de los tiempos, más allá del ocaso crepuscular, donde habitan las hadas, las ninfas, y los paraninfos. Cabalga, o tal vez navega, ya que surca la vida con presta destreza, al oído de los sueños de los otros. Pero nada le detiene, su cavilación es insaciable, es racionalidad implacable, que somete a los dictados de la mente más elaborada, los designios mágicos que articulan la vía o la senda, que nos transporta, sin apenas darnos cuenta.

Es fácil observar su magia en acción, la sonrisa endiablada, el pulso que no sostiene sus dedos, que aletean de forma involuntaria. Esa mirada huérfana, el pasado construido a base de cincelar la roca viva. Es la vía del autoexilio, de hacerse la guerra a uno mismo, de esquivar las maniobras del destino, que nos envuelve peligrosamente, amenazando la retaguardia, comprometiendo la única vía de suministros.

Hoy lo vi dibujar como antaño, rostros sonrientes, cálidos y cercanos. Ojos chispeantes, pelos alborotados, orejas aconchadas, narices redondas e hiperbólicas, en definitiva el producto de todo buen maníaco. Aunque faltan los diálogos, él se siente bien con su monólogo, y aborta una sonrisa cuando le hablan de dios. Porque el Filósofo Aparte tiene el suyo propio. Como el del mismísimo Sócrates, ese tipo tan especial, y que tanto dio que hablar, entre sus iguales.

Y es que el altar del pensamiento, tiene columnas que lo sostienen, gracias al esfuerzo colectivo de una minoría perseguida. Esa especie, dentro de la misma especie humana, es la que siempre ha peligrado, y el filósofo aparte, es un claro exponente de su suerte. Aquí y allá, se movilizan trompetas y tambores, los mastines de la guerra, han sido desatados, involucrándose en la cruenta cacería de los espíritus sobresalientes.

Pero él no teme, pues sabe que el barquero le espera. El rio transporta la furia renovada, el rugido vital de los genios, que elevan la corriente, para que el santuario tenga su ranzón de ser. Allí se reúnen los que descendieron a la caverna, para erradicar las cadenas, sufriendo por ello una incomprensión, que no es más que el fiel reflejo de la ignorancia, ignorancia hacía uno mismo. Y es que no hay mayor lamento, mayor pena, que transitar de espaldas, sin ver dirección y destino.

A todo esto, el Filósofo Aparte sonreiría, con tono burlón, y nos aseguraría que caminar es un error, una ilusión, que todo camino, no es más que un artificio magníficamente orquestado, para sobrellevar el tedio que la voluntad impone, una vez que se sabe saciada. Y es que aunque caminamos en línea recta, acabaremos dando la vuelta al mundo, para encontrar nuestro punto de partida. Todo movimiento es en realidad circular, repetitivo, hasta el infinito. Pero, ah, cuando uno se detiene, cuanta paz, es como el árbol formidablemente arraigado, que extiende sus ramificaciones, hasta acurrucarse bajo su propia sombra. Permitiendo el cobijo, a otros.

En definitiva, se trata como nos diría él, en tono jocoso, de encontrar dentro, lo que se busca fuera. Cuando la mayoría lo hace en sentido inverso, proyectándose hacía el exterior, todos lo hacen, cultivando el vacío en masa, quedando la introspección como una rareza, difícil de encontrar en el ajetreado mercadeo de las relaciones humanas.

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