Teoría del contrato intelectual (una filosofía para el siglo XXI)

 

 

A mi amigo el filósofo académico Luis Sáez Rueda

La nada nadea y sus acólitos chapotean en la charca del saber. Los seres se revuelcan y se regocijan en el líquido elemento, que como un arjé preludia la formación o la existencia de todas las cosas. Academo cedió su parcela sin conocimiento de causa. Sin saber todo el mal que habría de florecer en nombre de la más alta de las actividades intelectuales.

Teoría del contrato intelectual. Supongamos querido Luis, que existe un momento cero, en el que nadie ha pensado nada todavía. Quiero que viajes con tu mente, hasta la primera época, en la que nace como un chispazo la voluntad y el pensamiento. Es un momento emocionante, algo ha cambiado, y el hombre descubre que, junto a dicha voluntad, está la capacidad de su intelecto para comenzar a domesticar el mundo y reflexionar sobre los misterios del mismo.

Bueno, entonces surge una cuestión. Esto es… ¿Dónde estudiar filosofía? Obsérvese aquí que estamos en un tiempo pre-académico dónde ni siquiera se le ha puesto nombre a esa actividad febril, que involucra a la mente y los sentidos, hacía algún horizonte, que algunos tan solo balbucean. No existen por tanto filósofos, sino pre-académicos. Estos preacadémicos se preguntan por todo, tratando de articular un método propio. Pero están aislados e incomprendidos por la mayoría, que bastante tiene con subsistir al rigor del tiempo y de las fieras hambrientas que pululan por allí y por allá.

Pues bien, en este marco primigenio formulémonos la siguiente cuestión ¿Dónde reside el conocimiento filosófico? Recordemos que no hay libros ni fuentes, de las que beber, pues los preacadémicos están solos y cortos de vestimenta. Pues bien, la fuente, de la que brota, esa información, o donde se solidifica ese conocimiento, o ese saber, es ni más ni menos que la mente o el alma humanos.

A partir de ahí, y con pasos cortos y titubeantes se van introduciendo hipótesis y se trata de dar respuesta a los problemas cotidianos o cuestiones de orden trascendental. Es una actividad de la mente, reflexiva, que rumia en los pastos fértiles de la ignorancia. Digiriendo está, para alimentar la bóveda del conocimiento y el saber humanos.

El caso, es que lo que quiero dilucidar con estos ejemplillos, querido Luis, es que la fuente del saber no reside de forma univoca en las fuentes escritas o el legado de los antiguos, modernos o contemporáneos, sino que habita un territorio de difícil acceso, que todos compartimos, como es, ni más ni menos que la mente humana. Un instrumento, que tiene la capacidad por si misma, de crear saber y conocimiento.

Ahora bien, el modelo académico, establece de forma falaz, la presunción de que el saber, se obtiene y se produce como consecuencia de un estudio previo y concienzudo de toda la tradición filosófica anterior. A hombros de gigantes, o de pedantes. No eran gigantes Luis, eran preacadémicos, que pensaban por si mismos, sin fuentes a las que acudir, en caso de auxilio para sanar sus mortales inquietudes. Eran la vanguardia del saber. Para bien o para mal, una segunda clase, el filósofo académico, reúne y recoge, estudia y promueve una selección más o menos partidista de este conocimiento global. En definitiva, un filtro, por el que ha de pasar, el bisoño estudiante, que jamás podrá aspirar a ser un gigante. Sino más bien un átomo dentro de una estructura, en el que el peso de la contribución social al avance y la innovación en el conocimiento siempre vendrá del exterior, ante la propia dinámica gregaria y adocenada de nuestras instituciones educativas. Salvando excepciones, claro está.